El
0 de diciembre de 2004 se desató la mayor tragedia no natural en Argentina al incendiarse un boliche durante el recital de la banda de rock “Callejeros“. Aquella fatídica noche, fallecieron 94 personas con toda una vida por delante. Yo estuve ahí y esta es mi historia.
Llegamos a cromañon con mi hermano y mi amigo, con tiempo anticipado respecto al recital que brindaría la banda “Callejeros” ese día.
Entramos por la puerta principal, sin hacer fila, ya que la cantidad de personas para ingresar era, a esa altura, un tanto escasa. Para ese entonces, el lugar ya estaba colmado en su mayoría. Allí nos recibieron aquellos que controlaban la entrada, sometiéndonos a una revisada rigurosa.

Fue tal que hasta tuvimos que sacarnos las zapatillas. Pasado el control, nos dispusimos a esperar el show de callejeros, en la parte de arriba del lugar. Allí, nos sentamos. Mientras, en el escenario principal, sonaba la banda invitada, “Ojos Locos”.
La cantidad de personas que había en el lugar y el calor extremo, eran condición suficiente para que los pocos ventiladores pasaran desapercibidos.
Pero la espera terminaba. La banda telonera se retiraba del escenario, luego de un largo set. Llegaba la hora de “Callejeros”.
Fue allí cuando el dueño del lugar, comenzó a dirigirse al público en forma despectiva. Lo hacía desde la consola de sonido, ubicada de frente al escenario. Este señor pedía de mala manera: “No sean tarados. Asesinos. Terminemos esto en paz. Esto no es la cancha del Real Madrid que la desagotamos en dos minutos. Si acá pasa algo, nos morimos todos.”
A nosotros nos sorprendió eso, pero en mi caso particular, como había ido a ese lugar en otra oportunidad, lo tomé como de quien venía. Chabán, siempre decía ese tipo de cosas antes de los shows o se peleaba con la gente.
En ese momento, nos encontrábamos en la planta baja del lugar, cerca de la barra, tomando una gaseosa. Minutos antes, decidimos que ese lugar era el mejor, debido a que cerca del escenario, la pirotecnia nos molestaba demasiado. La banda Callejeros salía a escena. Pato, el cantante, pedía de la mejor manera a la gente tranquilidad para que todo salga bien y no haya ningún inconveniente.
Comenzaba el recital tan esperado, con el tema “distinto”. Todo transcurría con normalidad, estábamos pasando un buen momento. Promediando la primera canción, les dije a los chicos:
- Miren, se está prendiendo fuego el techo.
- Salgamos, dijo mi hermano.
En ese momento, toda la multitud actuó como nosotros. Comenzó el caos. Me perdí enseguida de ellos y empecé, entre las avalanchas, a dirigirme hacia la salida. Pensé que no iba a pasar nada, saldría y afuera me encontraría con los míos para volver a entrar cuando todo se haya normalizado.
La banda siguió tocando un instante más, pero el corte de sonido seguido al corte de luz, complicaron un poco más las cosas.
Yo seguía caminando hacia lo que creía era la salida. Pero, lamentablemente, me tope como contra algo de metal, parecía ser una puerta. Del otro lado, había más gente. El humo ya me había alcanzado y no tenía más trayecto por hacer. Encima, mucha más gente llegaba hacia esa “salida”. La presión de los que venían detrás, obligó a que todos los que estábamos ahí nos cayéramos al piso, quedando uno encima de otro, formando las famosas “pilas humanas”, como alguien lo describió tiempo después en algún medio.
Ahí miles de pensamientos vinieron a mi cabeza. “No me puedo morir acá. ¿Cómo van a cerrar las puertas?”. En ese momento, sólo esperaba morir, ya que no podía moverme ni desplazarme por todo el peso que tenía encima. A esta altura, el humo ya era insoportable y mis posibilidades se agotaban. Resignación, temor y angustia, son las palabras justas para describir ese momento. Luego de un rato, cuando mis chances de vivir eran cada vez más nulas, alguien que no tengo identificado me levantó y ayudó a que pudiera reconocer la salida. Fue ahí cuando me di cuenta que podía salir y me esforcé por hacerlo. Fue muy difícil despegarme de la masa de personas, pero lo logré. Ni bien me paré, pude ver la salida y, como puede, llegué.
Una vez en la calle, caí al piso. Personas que no puedo identificar, me socorrieron al instante. No recuerdo exactamente pero alrededor de cinco chicos, me cargaron hasta una ambulancia. Mi cuerpo no respondía, mi habla estaba paralizada. Sin embargo, a pesar de las dificultades, hacía todo el esfuerzo por respirar. En ese momento no tomaba conciencia de la magnitud de lo sucedido, desconocía que muchas personas estaban en iguales condiciones que yo.
Al subir a la ambulancia, me sentaron contra un rincón. No tuve diálogo con la enfermera. Sólo negué con la cabeza ante la insistencia de si necesitaba oxígeno. En ese momento quería estar tranquilo.
El viaje hasta el hospital Pena fue rápido. Al llegar, me bajaron en silla de rueda y me llevaron hasta una habitación. Allí, me pusieron suero y me pidieron por favor que me quedara tranquilo. Con el paso de los minutos, me recuperé parcialmente. Me costaba hablar, pero lo hacía. Mi cuerpo empezaba a moverse nuevamente. Empezaba a tomar conocimiento de lo que había ocurrido al ver como iban llegado más y más chicos. Hasta ahí, no sabía acerca del paradero de mi hermano y mi amigo. Eso me preocupaba. Sólo quería que hayan salido bien.
Luego de un rato, decidí quitarme el suero y dirigirme hasta algún teléfono público para comunicarme con mi familia. Llamé a mi casa. Nadie me contestó, todos habían salido rápidamente para el boliche de Once. Ahí tomé conciencia de la magnitud del hecho. Llamé a mis tíos, les expliqué donde estaba, los tranquilicé de cierta manera. Ellos se encargaron de avisarles a mis padres y, en unos instantes, ya estaban conmigo en el hospital.
Volví a la sala, me colocaron suero nuevamente y tomaron mis datos personales, para derivarme a una cama ubicada en otra sala. Allí pasaron unos minutos hasta que mis padres entraron junto con mi hermano y mi amigo. Gracias a Dios ya estábamos todos. Ahora faltaba mi recuperación. Desde ese momento, las dos de la mañana aproximadamente, hasta las seis del 31 de diciembre, permanecí internado en el hospital, cuando a pedido de los médicos, me trasladaron a la clínica de mi obra social. Allí me atendieron brillantemente. Ese mismo día, me tomaron declaración policial. Permanecí hasta el día 2 de Enero. Me dieron de alta, teniendo que realizarme varios estudios y controles así como también una estricta dieta alimentaria durante veinte días.
Pasaron dos años. Diariamente recuerdo aquella noche. Cuando me levanto o me voy a acostar principalmente. Es imposible olvidar aquellos gritos, aquel infierno. Siento una sensación de bronca y tristeza. Sueño recurrentemente con ello. Es una pesadilla la vida después del 30 de diciembre.
Por Matías.
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